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JUAN EDUARDO CIRLOT

Francisco García Vilella manifestó una temprana inclinación hacia los mundos de la fantasía. Hacia 1952 su pintura mantenía aspectos fuertemente figurativos, con volúmenes geometrizados y simplificados, colores intensos con predominio del rojo y el ocre amarillento. Más tarde, reduce la importancia de la figuración propiamente dicha, convirtiéndola en una fantasmagoría esquemática. En los últimos años establece un mercado dualismo entre un fondo rico de empaste y de color, con manchas que se imbrican en ondas, y un esquema figurativo casi abstracto y de carácter lineal.


Daniel Giralt-Miracle

Pintor independiente y solitario, nacido en Barcelona en 1922, que hace escasear sus muestras en nuestra ciudad, a pesar de disponer de un largo y completo currículum que incluye presentaciones en Italia, Estados Unidos, Austria, Francia y Alemania. Fruto de un momento brillante, la generación de los "Dau al Set", los Ciclos de "Arte Nuevo", los "Salones de Octubre", etc., Mantiene una cierta fidelidad a los postulados surrealistas y pictóricos que cultiva esa generación, desde el punto de vista constructivo, sus imágenes muestran un sentido de metamorfosis compositiva que, temáticamente, suele reflejar el hombre, y en que sus luchas y dificultades, sus caprichos y sus dudas, sus derechos y sus opresiones afloran por todo. Es en telas como Los Grises, Los Censores, mandarín ibérico azotando en la azotea de la Pedrera, Los depredadores, Paraxocs Sex, donde descubrimos la doble intencionalidad de su cautivador trabajo.

García Vilella ha sabido configurar un universo tenso e intenso, que participa de ese dinamismo formal y constructivo del Guernica y que, en ocasiones, tiene el dramatismo de los aquelarres goyescos. En sus cuadros unos seres estrambóticos, entre antropomorfos y zoomorfos, dan ritmo a unas composiciones plásticas que más que buscar la belleza per se aspiran a ser manifestaciones expresionistas de la existencia, un diálogo en los límites del hombre que se subleva contra la injusticia y la muerte. No en vano Ángel Marsà dijo que tenía "una fuerza literalmente abrumadora" que, con el paso de los años, se intensifica en el plástico y en el narrativo.


Joaquín Horta

En la obra de García Vilella el dinamismo es esencial. Muchos de sus cuadros, como Dinámica sobre la gran estrella, El espacio ibérico, El furor de los führers o El robot con estigmas, son una especie de danza loca, de vales desenfrenado, a estilo pompier, al son del cual se mueven, con total armonía, los pájaros y los seres estrambóticos, unos enormes, poderosos, en actitud destructiva, los otros pequeños, expectantes en el miedo, que no son tan fantásticos como quisiéramos, sino que los tenemos cerca, nos rodean cada día. Es como una mezcla explosiva de las obras corales de Goya y Brueghel, la intensidad expresiva del primero y el color y el movimiento vertiginoso del segundo. Porque, como se dice, García Vilella es un cronista de su tiempo, y en eso también recuerda los dos grandes pintores que decíamos. Ahora bien, no es un simple observador que se limita a retratar-con ironía-las virtudes y los defectos de la época que le ha tocado vivir sino un hombre comprometido con la sociedad a la que pertenece, con voluntad de transformarla, y con el aspecto más cotidiano de la vivencia humana. Y eso es algo obvio para cualquier observador. Para él, un hombre vital, independencia y la libertad son cosas con las que no se puede transigir ni negociar. Y esto lo demuestra su trayectoria artística o, si se quiere, lo demuestran el recorrido de sus exposiciones y su exiguo reconocimiento, al menos entre la inteligencia oficial de nuestra casa. Constato, indefectiblemente, que cuando el tema artístico que hay en el fondo de una obra global, sea pintura, literatura o teatro, expone con fidelidad la lucha del hombre para conseguir un mínimo de dignidad en la carrera hacia la muerte y la inmortalidad, esta tarde alcanzar el reconocimiento de la auténtica importancia que tiene. Quisiera que este día, el día de la consideración y el respeto a García Vilella fuera, ya, en la esquina. Los pontificadores, los políticos, los críticos, el tinglado artístico en general y las señoras y señores que sean necesarios, tienen la palabra. No puede ser que García Vilella, como otros pintores de categoría, tenga que demostrar, a lo largo y después de más de cuarenta años, lo que desde el principio ya sabíamos: que es un gran pintor.


Giuseppe Rossini

En cada una de sus obras: óleos, acuarelas, pasteles, cerámicas , García Vilella profetiza una realidad próxima o futura y, por consiguiente, en sus formas pintadas no reconocemos mucho de lo que nos rodea, ni entrevemos demasiado de nosotros mismos o al menos nos cuenta reconocemos. Sin embargo, contra todo conformismo, García Vilella posee plena conciencia de la función narrativa implícita en el signo y el color. Haciendo pintura, materializada la idea de un concepto de vida que eventos naturales, errores heredados o causados, desinterés, arrogancia, prepotencia y poder mal usado pueden o podrían transformar, convulsionar las formas de las cosas, las razones mismas de la vida y las características genéticas de las actuales criaturas vivientes, García Vilella lo sabe, lo teme, lo dice y lo pinta.

En sus creaciones García Vilella da mucho valor a las relaciones dimensionales entre las formas que componen sus obras, en la búsqueda de una particular euritmia compositiva. Figuras dispuestas en espacios puntuales, suspendidas, impacientes, como a la espera del inminente éxodo hacia lo inconocible, otras trepidantes frente al presagio de su indeseada metamorfosis.

García Vilella sabe que la existencia no es menos importante que el Arte y, siendo artista con compromiso cívico, es testimonio de su tiempo y del nuestro. En y con sus obras manifiesta y denuncia nuestras inquietudes y temores. Más que a lo cotidiano, el arte de García Vilella, sostenido-diríamos por una Weltanschauung-, tiende a la interpretación pánica y totalizante de la vida actual, futura o futurible hasta fundirse con la acción misma del vivir, hasta hacemos descubrir la “insoportable pesantez del devenir”.

Las de García Vilella son obras que se aprecian más cada vez que se vuelven a ver, cada vez que se releen sus signos premonitorios.


Arnau Puig

La obra de García Vilella, de antes y de siempre, ha sido una obra de artista, tanto por la pintura como por el dibujo; nunca la de un cronista o la de un copista dedicado a la plástica. Primero, sintió que debía reflejar la circunstancia concreta en la que se encontraba, con sus mitos y sus condicionamientos sociales que, en el caso de la España de su tiempo, eran la represión del pensamiento y de la sensibilidad, restricciones que había que mostrar y demostrar con todos los recursos posibles que permite el arte y la osadía del creador. Con el tiempo la circunstancia estricta se convirtió en la ambigüedad de la reflexión filosófica y, hacia el final de su trayectoria plástica, los elementos que seguían condicionando la actividad creativa para mantener en marcha la actitud plastica, eran ya los problemas metafisicos de una sociedad que siempre era traicionada. No obstante, en os primeros años de su creatividad todo estaba ya presente. La historia de su obra fue una dosificación que se extiende durante toda su vida apasionada de una concentrada indignación humana inicial. Cada artista debe desarrollar su mensaje personal.